Decía Ciceron "Salus populi suprema lex est", que significa para el que no entienda el latin: "El bien del pueblo es la suprema ley", y realmente esta cita resume el fundamento, la justificación última, la causa primaria de la gestión política.
En estos turbulentos días donde la crisis económica, financiera y social esta llegando a desmembrar el artesonado social, realmente es elocuente escuchar la manida y sufrida conclusión a la que desgraciadamente muchos conciudadanos han llegado: "todos son iguales", identificando todas las opciones políticas por igual de malas y corruptas, conclusión extremadamente peligrosa para una sociedad y un estado que es y se siente democrático.
La democracia solo puede subsistir utilizando un sistema representativo encauzado a través de partidos o grupos políticos y cuando los ciudadanos desconfian de sus representantes se abre la tremenda espita del totalitarismo, del autoritarismo y del fascismo. Ultimamente en Europa los partidos fascistas e incluso aquellos que terrorificamente se fundamentan en el nacismo estan proliferando y ganando votantes. Esto es una prueba que la sociedad democrática no cree en sus propios mecanismos de funcionamiento e intenta autoinmolarse dando participación y representación a formaciones que detestan a la propia democracia.
Por ello, ahora más que nunca, es el momento de las ideas, de las ideologías y sobretodo, que aquellos que las lleven a cabo sean realmente consecuentes con las mismas. En España, hay dos partidos mayoritarios, complementados por otras formaciones que representan sentimientos nacionalistas o simplemente otras ideologías por el momenot minoritarias. A los dos partidos mayoritarios, solo por el número de personas que alguna vez han confiado en ellos, deben diferenciarse ideológicamente de forma tan nítida y perceptible que los ciudadanos comprueben sin dificultad que no todos son iguales, que siempre hay alternativas democráticas, distintas, diferentes y debe ser dentro del ámbito propio de la democrácia donde hay soluciones nunca fuera de ella.
La situación actual es la consecuencia de no haber llevado a la práctica la cita de Cicerón, pues el pueblo, donde reside la soberania popular, no se siente destinataria de la suprema Ley, la cual no ha buscado el bien del pueblo, sino el bien de unos pocos, que casualmente son los de siempre.
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