
Se acabó la Navidad, y con ella, las luces en las calles, las rebajas adelantadas, los abetos de plástico, (por eso del cambio climático), el turrón, las figurillas del belén, las doce uvas, el cava y el deseo a todo quisqui de que pasen unas felices fiestas al 70%, por eso de la crisis. Ah, tambien se me olvidada se fué la Loteria de Navidad y la del Niño, igual que se han ido los Reyes Magos, con la saca vacia.
Para muchos, incluido yo, la Navidad ha representado siempre una época llena de melancolia y por ello triste, con un alto contenido de hipocresia y consumismo, por lo que he sentido siempre un cierto rechazo, un cierto alejamiento psicológico a vivir esta etapa del año.
Ahora que ya ha pasado, veo la Navidad de otra forma, con otro sentido, quizás sea que mis hijos me han vuelto a introducir en el Mundo de Nunca Jamas, y por ello, este año la Navidad que guardo en mi memoria no tiene gusto a hipocresia, sino a vino dulce y a galletas caseras, a noches de espera con ilusión contenida por ver los regalos de Papa Noel y de los Reyes Magos, a encuentros de amigos lejanos, a belenes, a tardes frias y a castañas.
Esta Navidad que ha pasado, ha sido especial, diferente, he vuelto a regañadientes a ilusionarme con las luces y los papa noeles colgados de los balcones, he vuelto a emocionarme con la cara de los niños al ver la cabalgata de Reyes, y sobre todo he visto la otra cara de la Navidad.
Por eso, me he guardado un puñado de peladillas en el bolsillo, para que no se me olvide que la emoción y el sentimiento siguen vivos en mí, y el año que viene volverá la Navidad.
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