
Hace ya un tiempo, en un artículo dedicado a las dietas avisé al aludir a los gimnasios, que estos y la gente que allí se encuentra habitualmente, se merecían un artículo aparte, y voilá, este es el momento propicio para afrontar tan ardua tarea.
Cuando uno entra a un gimnasio, o al menos es lo que me ocurre a mi, lo hace no por placer o por verse imbuido por el espíritu olímpico, sino por puro masoquismo y con la finalidad de perder o rebajar los michelines.
Uno llega el primer día con su bolsa de deporte a la que aún le cuelga la etiqueta, dentro, muy emparejados están las zapatillas para ducharse y no coger hongos en los pies, un pantalón de deporte, una grandísima camiseta para que no se te noten los michelines, unos calcetines comprados del Tio Juanet y las relucientes zapatillas de deporte. Eh, también una toalla de los Lunis, esa que iban a tirar a la basura y que te la dan para estos usos.
Al llegar a la recepción, muy amablemente te atiende el encargado, una persona cercana, muy amable, que te sonríe entre sus músculos y que te engaña sin piedad; si, te engaña, pues te dice que no te preocupes, que te van a hacer un pequeño examen para ver como estas físicamente y luego te ponen una "rutina" que es lo que tienes que hacer cada día y con el paso del tiempo te pondrás cachotas. Mentira, todo mentira, no es necesario un examen para apreciar a simple vista que físicamente estas hecho una mierda, y además por mucha rutina que hagas no te pones cachotas ni a la de diez. Pero es el primer día y ya has dado el primer paso, tu moral esta alta y te crees el cuento. Rápidamente entras en el vestuario, te vistes de deportista en paro y sales a la cancha, donde hay cuatro estatuas relucientes con músculos hasta en las pestañas...¡Adiós mis pavos¡ si son tíos de verdad, te das cuenta de ello por qué te miran indiferentes, como diciendo ese es de otra especie.
El monitor, ese que te engaña, te dice venga vamos a ver como estas, primero diez minutos en la bicicleta estática, te subes y empiezas a pedalear, comienzas a sudar. Son diez minutos que parecen una hora, vuelve el monitor y te dice: bueno ahora que has calentado vamos a comenzar el examen, y tu piensas, calentado, estoy ardiendo y como que empezar el examen, pero esto no era el examen. Con estas dudas te bajas de la bicicleta, y el monitor te dice venga a la tabla de abdominales, vamos a hacer diez ¡no te jode, si pudiera hacer diez no habría venido¡. En estas vida hay cosas que odias a simple vista, sin explicación y sin sentido, no hay química, pues esto me ocurre con esta tabla, que no es más que un pedazo de madera y no se puede ser más cabrona. Te recuestas en ella y empiezas, haces tres abdominales y con los ojos de cordero degollado le dices al monitor, es que ya no puedo más. El hace como que te comprende, pero por dentro se esta descojonando, y tu tirado en la tabla empiezas a comprender lo difícil que es conseguir el objetivo soñado, mientras observas como junto a las gotas de sudor cae al suelo tu auto estima, mientras una de las estatuas vivientes carga en una máquina cien kilos y la levanta con una mano mientras se mira las uñas.
Prosigue el examen por un sin fin de pruebas físicas, las cuales suspendes inexorablemente. Ya cuando el monitor ve que te caen las lágrimas y que las piernas no te responden, entonces, solo entonces termina el examen. El todo misericordioso, te dice muy bien, ya puedes ir a ducharte y en salir te doy la rutina.
Llegas a cuatro patas arrastrándote por el suelo a los vestuarios, te quitas la ropa empapada en sudor, te calzas las zapatillas y te metes a la ducha común, donde no hay intimidad alguna y si dos estatuas vivientes que parecen que tengan cuatro huevos y una manguera de lo musculado que tienen hasta sus partes, tu te miras desnudo, con los michelines colgando y sin pistola, pues se ha escondido creyendo que ella también tenía que hacer algún tipo de prueba, y te pones a llorar cara a la pared, ahora ya sin auto estima.
Sales de la ducha, te duele hasta el alma, allí esta el monitor que te consuela y te explica la llamada rutina, es decir, el conjunto de torturas que debes hacer cada día, tu casi no comprendes nada, pues no sabes ni donde esta el bíceps ni el tríceps, solo que te duele todo, y abrazando al monitor te comprometes a volver mañana.
Al día siguiente no te levantas, te dejas caer de la cama al suelo, pues no existe parte de tu cuerpo que no te duela, comienzas a llorar de buena mañana. Al llegar la hora vuelves al gimnasio y allí esta el monitor con tu rutina, te metes al vestuario, vuelves a hacer lo mismo y te entregas a la tortura, y así un día y otro día y sucesivamente, hasta que tras varios meses de hacer lo mismo, compruebas que tus michelines siguen allí, igual que las estatuas vivientes, que es una gilipollez subirse a un bicicleta que no se mueve del sitio, que la tabla de abdominales lo único que te aporta es una mala leche que para qué, ese día te duchas, sales sonriendo y miras al monitor de forma distinta, como diciendo ya se que has mentido, te marchas alegre, te metes en un bar y mientras te tomas una caña de cerveza y te trincas un pincho de tortilla, te aprietas el michelin y con cariño le dices: "con los años que me has costado no te voy a perder en esa puta tabla de abdominales".
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