lunes, 4 de agosto de 2008

"La Crisis económica y el Capitán Sparrow"





Es evidente que estamos atravesando una crisis económica, esto es un hecho indiscutible, a pesar de lo que diga Zapatero, Solbes y Leyre Pajín. Y también es un hecho, que cada día nos levantamos con la única intención de vivir bien y disfrutar de la vida que son dos días, y ello, sin tirarnos de los pelos ni rasgándonos las vestiduras a pesar de las recomendaciones de los locutores de la Cope, por qué la mayoría de nosotros no sabemos lo que es el Euribor, ni los grandes datos macroeconómicos, ni la repercusión que tiene el crecimiento económico de China y la India. A la mayoría de los mortales lo que le interesa es poder trabajar, ganar dinero, cuanto más mejor y disfrutar.




He comenzado diciendo que tenemos crisis económica, y lo sé no por lo que me dicen los medios de comunicación ni los políticos, que coño, uno lo sabe, porqué con 50 Euros no llenas el depósito de gasolina, por qué el periodico ya vale más de un Euro; por qué cuando compras cuatro Danones, una cajita de Actimel, por el tema de las defensas, y tres Funiona de Pascual le das a la Cajera del Super 10 Euros y te devuelve cuatro moneditas roñosas de esas que originariamente tenían color cobre. Y esta subida de precios no tiene relación con la subida de salarios, sueldos o estipendios, los cuales siguen teniendo el mismo valor de cuando llevábamos el pelo largo y una bolsa de Ali Truc al hombro.




Pero estamos en verano, y hace tanto calor que no es el momento de plantearse la reconversión del mercado de trabajo y la reducción del gasto público como soluciones necesarias para aliviar la crisis, ya habrá tiempo en octubre, ahora es tiempo de holgazanear junto al aparato de aire acondicionado, de intentar vivir aventuras como en las novelas, aventuras como la que me tocó vivir el pasado Sábado, cuando en cumplimiento de una tradición nacida de la improvisación que se macera anualmente con el arte de la amistad, me tocó embarcarme rumbo a una isla pequeña. en una barca llena de banderitas de varios paises y de sillas de plástico, eso si, previo pago del billete, que por su importe, yo pensé que no era el de la barca, sino el del yate que había al fondo del Club Naútico, pero tras indicarme mi error el grumete, aboné religiosamente el precio y me embarqué junto a un tropel de marinería desuniformada, cargada de gafas de sol de la tienda de todo a cien y con olor a protector solar, todo ello, para pasar un día de los que llenan el verano.




Cuando ya habíamos cubierto más de la mitad del trayecto, navegando a dos lazos, ya que los nudos se habían quedado para el yate del Club Naútico, y viendo que no servían ni bebidas ni comidas, me volví a dirigir al grumete y le indiqué cuando estaba previsto servir el refrigerio, a lo que muy amablemente me informó que con el precio del billete solo iba incluido el transporte, si quería tomar algo, en la mini cantina de la barca el personal de servicio (el mismo grumete) me lo serviria previo pago del importe. Me dirijí a la barra, donde la marinería se apretujaba para pedir unos botes de cerveza, y al ver la lista de precios pintada en una pizarra, me tuve que tomar una biodramina a pelo, pues me mareé, comprendí por qué aquel marinero lloraba abrazado a un bote de coca-cola, por qué aquella anciana se santiguaba con una bolsa de panchitos Son Sanchez entre sus manos, me senté en la silla de plástico y sudando me puse a mirar el mar.




Al llegar a la isla, la marineria desembarco atropelladamente, como si la barca se estuviera hundiendo, yo creo que era para ir al cajero automático a recuperar fondos para hacer frente al día que se avecinaba.




He de decir para ser justos, que la isla tenía una playa con un agua cristalina y fresca, de la que cuando te bañas sientes de verdad lo maravillosos que es el mar. Había mucha gente bañándose pero como me quité las gafas, no puedo asegurar ni el número ni la especie de los que habían, y lo peor, ni como vestían. Me uní a mis familiares políticos, hoy más amigos que políticos, y tras disfrutar del anis nos dirigimos al chiringuito a disfrutar de una buena comida.




El chiringo estaba igual que siempre, con sus sillas de plástico, su mesa de plático y su mantel de papel, en reformas lo que se dice invertir, no han invertido ni un céntimo, para qué, la marinería llenaba el local. Para seguir la tradición, nos sentamos en la misma mesa, con el mismo paisaje, nos atendió el mismo camarero, que ya no se si se llama, Juan, Manolo, Ramón, y cayendonos el sudor copiosamente comenzamos a comer. Para volver a ser justos he de decir, que la comida estaba muy buena, y la compañía mejor, hablamos como no de la crisis económica, entre otros temas, ya sabes, y con el gusto de la sobremesa y de los gin tonics, entre baño y baños, fué pasando la tarde bajo el tórrido cielo del Mediterráneo.




Al observar en la ontananza la última barca que salía de la isla, nos apresuramos a marchar, y llamamos al camarero-propietario del chiringo por su nombre, Juan, Manolo, Ramón, no se como se llamaba a ciencia cierta, amigo, compañero, la cuenta por favor. Inmediatamente llegó Juan, Manolo, Ramón, como se llamara con una bondadosa sonrisa en su boca y la cuenta de lo que se debía, perfectamente doblada en un plato de papel. Tocábamos a 75 Euros por cabeza, daba igual que la tuvieras gorda o pequeña, y no era la cuenta de todo el chiringo, ya lo aclaró Juan, Manolo, Ramón, como coño se llamara, solo la nuestra. Pagamos como señores, con la cara bien alta y con los bolsillos bien vacios, con los ojos abiertos como platos nos dirigimos a la barca donde esperaba el grumete, que tras recibirnos nos ofreció alguna bebida al precio estipulado. Otra biodramina que me tuve que tomar.. Durante el trayecto, nos adelantaron seis motos de agua, dos patinetes, treinta y seis yates con unas rubias tomando el sol que para que contarte, y un salmonete, de la especie común de esta aguas, y entre charla y charla llegamos al puerto.




De nuevo la marineria desembarcó alocadamente, como loca para ir al cajero a reponer fondos, nosotros nos quedamos los últimos, al bajar nos sentamos en un banco de esos que hay en el paseo marítimo. Al rato a lo lejos vimos llegar una galera que se aproximaba al puerto, con sus velas al viento, navegando majestuosa, poco a poco se acercó y pudimos ver como ondeaba la bandera pirata, se subía en ella el grumete de la barca, y desde la proa nos saludaba el que nosotros creíamos que se llamaba Juan, Manolo, Ramón, joder el camarero, que en verdad era Jack Sparrow, el Capitán Sparrow, y junto a él estaba el grumete de la barcaza y al timón la que vendía las hamacas, todos sonreían alegres mientras entonaban la canción se Sabina, la del pirata malo, mientras la galera se perdía en la inmensidad del mar. Allí nos quedamos nosotros, atónitos, nos pegamos un buen trago de anis, volvimos a hablar de la crisis y nos fuimos a darnos un baño a la piscina, pensando en levantarnos cada día con el ánimo necesario para capar la crisis y a la madre que la parió, y el año que viene, un día como hoy, volver a reencontrarnos con el Capitán Sparrow.


2 comentarios:

manu dijo...

pero aunque la crisis es evidente que estar , esta. mejor sufrirla de comensal que no de menu de estos , asi que pongamonos en la piel de las langostas que nos metimos entre pecho y espalda y no nos quejemos tanto de la puñetera crisis , que si no haber que vamos a hacer en el famoso año 2009 que dicen que , no sera el fin del mundo ,pero si de muchos de sus habitantes , a lo cual se me plantea la siguente duda. Serà posible alcalnzar la edicion numero 8 de la gran comilona? o por el contrario tendremos que cambiar la ``la illa`` por la calle del villalobos? en fin en menos de 365 dias saldremos de dudas .

Anónimo dijo...

Ya se sabe que la Isla fue, en el pasado, refugio de piratas. Pero, a la vista de los acontecimientos, parece ser que nunca se fueron......